background image

Homilies

Homilies

15th Sunday in Ordinary Time B 7-15-18

Movies and shows with a happy ending always lift us up and make us feel better.  Maybe, because realistically, we know life doesn’t always turn out that way.  We hope for the best, but often must settle for much less.  A lot of things go very wrong until things begin to get much better. 

The same is true of the Bible; it’s a mirror of life; everything doesn’t end well.  Most of the biblical prophets were utter failures.  Kings rejected their prophecies and refused to change their ways.  Many of spiritual seers were murdered.  Amos, who we hear about in the first reading is a good example. He was a shepherd and vine grower; he never wanted to be a prophet.  The king refused to listen to his prophecies.  Amaziah, the priest in charge of the Temple, ordered Amos tortured and killed to silence him.  Nobody paid him any mind and the northern part of Israel fell to Syria.  Not a happy finale.

In the second reading, St. Paul says, “God set forth a plan for the fullness of times, to sum up all things in Christ.”  But, we look around us and see, all things are not summed up in Christ.  The present doesn’t match the future promise of our faith.  Many things look grim and not hopeful: wars, wild-fires, random shootings, families separated.  But, the present situation doesn’t diminish the truth of what St. Paul prays.  “We are called to be holy and blameless, full of love…to bring all things in heaven and earth into one under Christ’s headship.”

Even when you bring “good news,” some don’t want it.  I saw on the web that a school district decided to offer a cafeteria lunch that was healthy and free of processed foods.  But, the kids threw it away by the tray full and opted to eat junk food from vending machines.  We can forgive the kids; they’ve been conditioned to prefer fast food and sugary drinks.  They may not even know what’s good for them.

We may not recognize what’s good for us, either.  Week after week, we hear the word of God, good spiritual food served up for us, but we may readily discard it.  No matter what the gospel proclaims, some of us are never going to forgive a past injury.  Despite prophets’ warnings, we’re never going to share what we have or ease injustice.  St. Paul can chatter on about the need for unity, but we maintain our distance.  Jesus calls each of us today, just as He did the Twelve, to go out and proclaim the Good News.  He provides us with all we need for the mission.  Every day will not result in a happy ending, but it will bring us closer to the plan God was pleased to decree in Christ.   

Décimo quinto domingo del año B 7-15-18

Las películas y los programas de televisión con un feliz final siempre nos elevan y nos hacen sentir mejor.  Tal vez porque de manera realista sabemos que la vida no se mueva de esa manera.  Esperamos lo mejor, pero a menudo debemos aceptarnos con mucho menos.  Muchas cosas van mal, hasta cuando todo empieza a cambiar lentamente.

Lo mismo es cierto de la Biblia; es un espejo de la vida; todo no termina bien.  La mayoría de los profetas fueron abyectos fracasos en su vida.  Los reyes rechazaron sus oráculos y se negaron a cambiar sus caminos.  Los profetas a menudo eran asesinados.  Amós fue torturado y asesinado en el santuario donde profetizó.  El rey no cambió y la nación pronto cayó ante Asiria.  No es un final feliz.   

En las palabras de San Pablo, “Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegara la plenitud de los tiempos: hacer que todas las cosas tuvieran a Cristo por cabeza.”  Pero, en este momento, muchas cosas se ven bastante sombrías y no esperanzadas: las guerras, los desastres y las grandes desigualdades hacen que este sea un momento difícil para reclamar “todas las bendiciones espirituales en los cielos.”  La hora presente no disminuye la verdad de esta gran oración de San Pablo.  Todavía estamos llamados a “ser santos, en amor, en Cristo.” 

Incluso cuando trae buenas noticias, algunas no lo quieren.  Yo vi que un distrito escolar local decidió ofrecer un almuerzo en la cafetería que era saludable y no contenía alimentos procesados.  Los niños lo tiraron con la bandeja llena y optaron por comer basura de máquinas expendedores.  Podemos perdonar a los niños por no reconocer algo bueno que les es entregado; han sido acondicionados para gustar comida rápida y bebidas azucaradas.  Es posible que no sepan lo que es bueno para ellos.

Quizás tampoco reconozcamos lo que es bueno para nosotros.  Semana tras semana, escuchamos la palabra de Dios, buena comida espiritual servida para nosotros, pero podemos descartarla fácilmente.  No importa lo que proclame el evangelio, algunos de nosotros nunca vamos a perdonar una herida o ofensa.  A pesar de las advertencias de los profetas, no vamos a compartir nuestra riqueza o aliviar la injusticia.  San Pablo puede hablar sobre la necesidad de la unidad, pero mantenemos nuestra distancia.  Jesús nos llama a salir y proclamar la buena nueva.  Él nos da todo lo que necesitamos.  Cada día no resultará en un final feliz, pero nos acercará más al plan que Dios había proyectado realizar por Cristo.         

13th Sunday in Ordinary Time B 7-1-18

The opening reading starts out with the bold statement, “God did not make death, nor does He rejoice in the destruction of the living.”  What are we to make of that?  The Creator who paired up night and day, water and land, male and female, is suddenly described as the one not responsible for their opposite.  God invented life, brought all things into being except death.  Death was not part of God’s plan.

So, who brought forth death?  According to Genesis, we did, and we do.  In freedom, we turn from the fertile life of God to the toxic nature of sin.  Our free will to choose brings about mistreatment of people and misuse of the environment.  In the ongoing biblical saga of opposites is the polarity between rich and poor.  The Creator blesses earth with abundance meant for all.  But, sin leads some to be takers and misers, and others to be the impoverished and have nots.

God gives us the gift of time so that we might grow each day in better discerning what in me gives life and what causes death.  Does life flourish where I walk or do my words and actions leave chaos and death in my wake?  The opportunities for love and compassion are before us.  Still, we may seek to be takers, enriching only ourselves.

The gospels go to great lengths to tell us that they are the path to restored life.  The most dramatic is that of Lazarus, who answers the call to come out of his tomb after four days.  Another story of restored life is the son of a widow in Nain.  Her journey to the grave to bury her son is interrupted and he is raised.  The last story is the 12-year-old girl we hear of today, on the brink of teenage, she’s struck with a fatal illness.  Then, Jesus took her by the hand and returned her to life.

In each episode, Jesus insists that death is not God’s idea or plan.  He wants us to be stunningly alive.   

Decimotercero domingo del Año B 7-1-18

Bueno, ¿Qué vamos a hacer con esta asombrosa observación?  “Dios no hizo la muerte, ni la destrucción de los vivientes.”  ¿Qué debemos pensar de eso?  El Creador de todas las cosas, el que se emparejó noche y día, el agua y la tierra, hombres y mujeres de repente se describe como el único responsable del más opuesto de todos.  Dios inventó la vida, pero no debe ser tocado para la llegada de la muerte.  El propósito de Dios era crear cosas.  Pero no la muerte.  La muerte no era parte de la ecuación divina.

Entonces, ¿Quién inventó la muerte?  Según Génesis, lo hicimos y hacemos. “La envidia del diablo” puede hacer la oferta, pero la elegimos libremente.  En libertad pasamos de la vida verde de Dios a la naturaleza tóxica del pecado.  Nuestro libre albedrío para elegir provoca el maltrato de las personas y el mal uso del medio ambiente.  En la saga bíblica de los opuestos, es la polaridad entre ricos y pobres.  Dios bendice el planeta con abundancia destinada para todos.  Pero el pecado lleva a algunos a ser tomadores y otros a ser los empobrecidos tomados.

Dios nos da el don del tiempo para que podamos crecer cada día en un mejor discernimiento de lo que en mí da vida y lo que causa la muerte.  ¿Florece la vida donde camino o hago que mis palabras y acciones dejen el caos y la muerte en su paso?  Las oportunidades para el amor y la compasión están ente nosotros.  Aun así, podemos buscar ser tomadores, enriqueciéndonos solo a nosotros mismos.

Los evangelios hacen todo lo posible para decir nos que son el camino hacia la vida restaurada.  El más dramático es el de Lázaro, quien responde el llamado a salir de su tumba después cuatro días.  Otra historia de vida restaurada involucra al Hijo de una viuda en Nain.  El viaje de la viuda a la tumba con cuerpo de su hijo se interrumpe.  La Muerte misma se interrumpe.  La última historia trata de una niña de doce años, casi una adolescente, con una enfermedad fatal.  Entonces, Jesús la tomó de la mano y la devolvió a la vida.

En cada episodio, Jesús insiste en que la muerte no es la idea de Dios.  El Señor nos hace ser increíblemente vivos.