Homilies

33rd Sunday in Ordinary Time    11-17-19 C St. Mary

Even though most Parisians are no longer Catholic, it seemed the whole of the country stood, staring in disbelief as the Cathedral of Notre Dame burned this past April.  The Cathedral is synonymous with the national identity of France. And so, each citizen seemed to share its loss. Recently many of us have watched as thousands of families have had to grab what little they could to escape the raging wildfires engulfing large swathes of California.  It was gut-wrenching to watch because we identify the idea of home and family.

Today’s gospel hints at the lack of security found in our lives.  The disciples comment on the costly adornments of the Temple, the center of Jewish life and worship.  Yet, Jesus explains, “the days will come when there will not be left a stone upon another stone.” Jesus seems to imply that as much as we’d like to put our faith into what we can see, touch and experience, our security cannot rest in what is passing.

When we suffer the loss of someone we love or something we value highly, it makes us feel adrift and unsettled.  Everything seems surreal. A great part of the reason is because we anchor our sense of self to that person or thing.  They become a part of who we are, our identity. For example, how many of us have felt lost when a relationship ends, or after we lose a job we really loved?  People and things become a part of us and a part of our security.

The gospel writer, St. Luke, understands this.  He writes to a community of believers who experienced the destruction of the Temple.  It represented their history and heritage. Luke also offered hope to those who suffered persecution because of their faith in Christ.  Jesus: “Do not worry about your defense…I will give you words and a wisdom none of your adversaries can contradict…By patient endurance you will save your lives.”

The source of hope and strength we have in the face of uncertainty and tragedy is within the community gathered in memory of Jesus.  Every week we’re invited to gather around the table of the Lord to share in His Body and Blood, His life. It’s in this confidence that we encounter the strength to remain faithful.     

 

 

 

Trigésimo tercero domingo Ordinario    11-17-19 C St. Mary

Aunque la mayoría de los parisinos ya no son católicos, parecía que todo el país estaba de pie, mirando con incredulidad mientras de la Catedral de Notre Dame ardía en abril pasado.  La Catedral es sinónimo de la identidad nacional de Francia. Y así, cada ciudadano parecía compartir su pérdida. Recientemente, muchos de nosotros hemos visto cómo miles de familias han tenido que tomar lo poco que pudieron para escapar de los furiosos incendios forestales que envuelven grandes partes de California.  Fue desgarrador verlo porque identificamos la idea del hogar y la familia.

El evangelio de hoy insinúa la falta de seguridad que se encuentra en nuestras vidas.  Los discípulos comentan sobre los adornos costosos del Templo, el centro de la vida y el culto judío.  Sin embargo, Jesús explica, “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido.”  Jesús implica que por mucho que nos gustaría poner nuestra fe en lo que podemos ver, tocar y experimentar, nuestra seguridad no puede fundarse en lo que está pasando.

Cuando sufrimos la pérdida de alguien o algo que valoramos, nos sentimos a la deriva e inquietos.  Todo parece surrealista. Una gran parte de la razón es porque anclamos nuestro sentido de identidad a esa persona o cosa.  Se convierten en parte de lo que somos. Por ejemplo, ¿Cuántos de nosotros nos hemos sentido perdidos cuando termina una relación, cuando alguien muere o después de la pérdida de un trabajo en el que estábamos involucra-dos emocionalmente?  Las personas y cosas se vuelven parte de nosotros y y parte de nuestra seguridad.

El evangelista Lucas comprende esto.  Escribe a una comunidad de creyentes que experimentaron la destrucción del Templo, lo que representa-ba quienes eran.  San Lucas también ofrece esperanza a quienes sufren persecución debido a su fe en Cristo: “…no tienen que preparar antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario…Si se mantienen firmes, conseguirán la vida.”

La fuente de esperanza y fortaleza que tenemos ante la incertidumbre y la tragedia está dentro de la comunidad reunida en memoria de Jesucristo.  Cada semana estamos invitados a acercarnos a la mesa del Señor para compartir su Cuerpo y su Sangre, su misma vida. Es con esta seguridad que encontramos la fuerza para seguir fiel.          

 

 

 

 

 

 

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32nd Sunday in Ordinary Time    11-10-19 C St. Mary

One time I heard a priest say that he felt more needed for funerals than weddings.  Whereas the minister is more secondary to a couple’s big day, at a funeral he’s considered essential.  The mourners at a funeral look to the minister for hope and consolation, while they may be struggling with their own faith.

The fear of death lies in the termination of something good, a loved one’s life.  We fear death is a dead end; no light on the horizon, just the end.

The story of the Maccabean brothers and their mother in the first reading gives a radically different viewpoint.  Their words testify to their unshaken-able faith that death is not final: “you may discharge us from this present life, but the King of the world will raise us up, since it is for his laws that we die, to live again forever.”  The way the story is woven contrasts the inhumanity of the torturers with the superhuman virtue of the martyrs. Each brother successively makes a more profound statement of faith: “we would die rather than sin,” “God will raise us up,” “God will restore our flesh.”  It’s an upward spiral of faith in God who will not let death be the end.

A Dominican preacher wrote a prayer in time of grief.  In part, it says: “life is eternal and love is immortal, and death is only a horizon, and a horizon is nothing more than the limit of our sight.”  A horizon is just a boundary to how far we can presently see. As the sun sets in the west, it seems to disappear, but that’s the limit of what we can see.  The saints saw death as a new beginning, a door to open, to cross over to what we cannot now imagine.  

The Sadducees who confronted Jesus didn’t even believe in the resurrection, but their example portrays it as simply a continuation of this present life.  But Jesus says it’s totally different. Death seems to have split asunder our relationships with loved ones. But that was not the Creator’s intention. The God who breathed life into us, will not leave it there; death will not be the final word; He will give us eternal life that is beyond our scope of vision.  And, that new life begins now through Christ Jesus.  

The resurrection will be the ultimate beginning of a life in which there are no ends nor beginnings, but one equal eternity, the spiritual union of all humanity in God. 

 

Trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario    11-10-19 C St. Mary

Hace unos años, escuche un sacerdote decir que sentía más necesitado para los funerales que para las bodas.  Mientras que el ministro puede ser tratado como incidental para el “gran día” de una pareja feliz, en un funeral se lo considera esencial.  Los dolientes en un funeral miran al ministro en busca de esperanza: “Al menos él cree en la resurrección”, podrían pensar, mientras luchan con su propia y vacilante fe.

El horror de la muerte radica en la terminación de algo bueno, la vida de un ser querido.  La muerte como un callejón sin salida: eso es lo que tememos. No hay luz en el horizonte, solo el final.

Los hermanos Macabeos se comportan de manera radicalmente diferente.  Sus palabras dan testimonio de una fe inquebrantable de que la muerte no es final: “puedes darnos de alta de esta vida presente, pero el Rey del mundo nos levantará, ya que es por sus leyes que morimos, para vivir de nuevo para siempre.  Toda la historia es muy edificante, aunque también bastante horrible. La narración está hábilmente tejida para contrastar la inhumanidad de los torturadores con la virtud sobrehumana de los mártires. Cada hermano sucesivamente hace una declaración de fe más profunda: “moriríamos en lugar de pecar,” “Dios nos resucitará,” “Dios restaurará nuestra carne.”  Es una espiral ascendente de fe en la justicia de Dios que no permitirá que la muerte sea el final.

Un predicador dominico escribió una oración en tiempo de dolor.  In parte, dice “la vida es eterna y el amor es inmortal, y la muerte es solo un horizonte, y un horizonte no es nada más que el límite de nuestra vista.”  A medida que el sol se pone en oeste, parece desaparecer, pero eso es solo el borde de lo que vemos. Los santos vieron la muerte como un nuevo comienzo, una puerta para abrir, para cruzar a lo que ahora no podemos imaginar.

Los saduceos que confrontaron a Jesús ni siquiera creían en la resurrección, pero su ejemplo lo retrata simplemente como una continuación de esta vida presente.  Pero es totalmente diferente. La muerte parece haber separado nuestras relaciones con los seres queridos. Pero, esa no era la intención del Creador. Dios es la fuente de la vida, el sustentador de nuestra vida.  Y nuestra nueva vida comienza ahora a través de Jesucristo.  

La resurrección será una vida en la que no hay “fines ni comienzos, sino una eternidad igual,” la unión espiritual de toda la humanidad.