Homilies

 

 

 

26 th . Sunday in Ordinary Time 9-29-19 C St. Mary

 

The disparity between rich and poor in our country is at its highest level in 50 years of tracking income inequality. Upper income families are seven

times richer than the middle class. The top .1% of Americans hold more wealth than the 90% at the bottom.

What’s interesting in today’s gospel is that the Rich Man, who has no name,

had done nothing against Lazarus. He didn’t rob or beat him. He hadn’t fired him from his job or done anything to harm the poor man. Lazarus was

simply invisible to the rich man who had his own more urgent business affairs to attend to in his life. Perhaps, the Rich Man never noticed the

beggar at his door because more than 95% of all people were hopelessly poor, barely eking out enough to survive.

After the Rich Man dies, Abraham says to him, “there is fixed a “great abyss” between you and us. That image of an abyss or a great chasm sounds so

ominous. It’s like standing on the north rim of the Grand Canyon and peering toward the south rim, a gaping wound in the earth, 14 miles from

one side to the other.

Writing about the Rich Man and Lazarus, Pope Benedict said, “Jesus admonishes us through the image of a soul destroyed by arrogance and

opulence… [the Rich Man] has created an impassable chasm between himself and the poor man; the chasm of being trapped within material

pleasures, the chasm of forgetting the other, of incapacity to love, which then become a burning and unquenchable thirst.”

Lazarus might remind us of those at our gates, who we avoid or ignore or even acknowledge as people. The ones living on the streets or in the tents

under the interstate. Or, the ones seeking asylum at our borders; the ones who have fled the drugs, violence, and corruption in their own countries and

seek protection and safety.

The name, “Lazarus” means “he who God helps.” Jesus tells us this parable to say that God notices even when the world disregards; He consoles those

the world ignores in their misery. Jesus doesn’t condemn the rich man because of his wealth; his self- centeredness, extravagance, and insensitivity to those in need results in his eternal isolation.

 

 

Vigésimo sexto Domingo del Tiempo Ordinario 9-29-19 C St. Mary

La disparidad entre los ricos y pobres en nuestro país está en su nivel más alto en cincuenta años de seguimiento de la desigualdad. Las familias de

ingresos altos son siete veces más ricas que la clase media. El cero punto uno por ciento de los estadounidenses tiene más riqueza que el noventa por

ciento restantes.

Lo interesante en el Evangelio es que el rico hombre, sin nombre, no había hecho nada en contra de Lázaro. No le había robado ni golpeado. No le

había quitado un trabajo ni hablado mal de él. Lázaro simplemente era invisible para ese hombre rico, que tenía asuntos más urgentes que atender

en su vida. Tal vez, el hombre rico nunca notició al mendigo a su entrada por causa que más del noventa cinco por ciento de las personas fueron

desesperadamente pobres en la época de Jesús.

Después que el hombre rico muere, Abraham le dice: “…entre usted y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar.” Esa imagen

de un abismo suena tan siniestra. Es como pararse en el borde norte del Gran Cañón y mirar hacia el borde sur, una herida abierta en la tierra, a

catorce millas de un lado al otro.

El Papa Benedicto reflexionó sobre el hombre rico y Lázaro, y dijo: “Jesús nos amonesta a través de un alma destruido por la arrogancia y la opulencia

que ha creado un abismo infranqueable entre él y el pobre hombre, el abismo de estar atrapado en los placeres materiales, el abismo de olvidar al

otro, de la incapacidad de amar, que luego se convierte en una sed ardiente e insaciable.”

Lázaro puede recordarnos a aquellos en nuestras puertas, a quienes evita- mos o incluso no reconocemos como personas. Los que viven en las calles o

en las tiendas debajo de la autopista. O, las familias en nuestra frontera que huyeron las drogas, violencia y corrupción para buscar protección y asilo.

El nombre “Lázaro” significa “el que Dios ayuda.” Jesús a nos dice esta parábola para decir, Dios nota lo inadvertido, considera que lo sin

importancia es importante, consolará a aquellos que el mundo ignora en su

miseria.

Jesús no condena al rico a causa de su riqueza. Se quedó condenado a eterno aislamiento debido a su extravagancia, y su egoísmo e insensibilidad a los pobres.

 

 

 

 

 

25th Sunday in Ordinary Time    9-22-19 C St. Mary

At a crisis moment, life stands still.  Everything else takes a back seat while we address the pressing issue at hand.  E.g. You’re driving along, listening to music when smoke starts billowing from under the hood of the car.  Or, it’s 3 am and your ringing phone wakes you and you hear your daughter crying on the other end of the line.  Or, your company downsizes, and you lose your job. We ask our-selves, “What do I do now? Who can I call? Where can I turn for help?”

In each case, we have to use all our skills and abilities to tackle whatever we face.  We evaluate the situation, tap our physical & emotional resources and try to respond the best we can.  Nothing focuses us like a crisis, when we realize the pattern of our usual, familiar lives has been changed.

The steward/manager in today’s Gospel faced an economic calamity; he faced the loss of his job.  He was caught squandering his master’s property. Maybe he was a thief or maybe he was incompetent.  What would he do? He was forced to face a new reality. His personal crisis brought things into focus.

In his book, “7 Habits of Highly Effective People,” Steven Covey wrote that highly effective people must “be proactive, take the initiative, and be responsible.”  That’s exactly what the steward in the gospel does. He takes stock of himself, what his options are. He’s too soft to be a laborer, digging ditches; he’s too proud to beg in the streets.  So, the manager takes the initiative; he discounts the debts owed his master. Now, that sounds dis-honest. And, that may be the case. But perhaps what he did was eliminate the commission due him from those debts.  By doing this, he hoped to make friends of the debtors, so they’d be grateful and help him out after he was let go.

This parable isn’t really about business practices or to encourage dis-honesty.  Jesus tells this parable to encourage us to be just as enterprising and pro-active in our pursuit of the things of heaven.  It’s as if Jesus is asking each of us, “Are you acting prudently in your life? Are you focused on what’s important or are you letting lesser concerns consume you?”

As disciples, we must evaluate the resources at our disposal.  We must be creative in the use of what we have. We must be highly effective disciples. 

 

Vigésimo quinto domingo del año    9-22-19 C St. Mary

En un momento de crisis, la vida se detiene.  Todo lo demás queda en el segundo lugar mientras abordamos el problema a la mano.  Por ejemplo, conduces su carro cuando el humo comience a hincharse debajo del capó.  O son las tres de la mañana y su teléfono lo despierta; es su hija llorando. O su empresa reduce su tamaño y pierde su trabajo.  Nos preguntamos: “¿Y ahora qué haré? ¿Tengo que manejar esto solo? ¿Dónde puedo pedir ayuda?” 

En cada caso, tenemos que usar todas nuestras habilidades y capacidades para manejar lo que enfrentamos.  Evaluamos la situación, aprovechamos nuestros recursos físicos, emocionales y espirituales y tratamos de respond-er lo mejor que podemos.  Nada nos enfoca como una crisis cuando nos damos cuenta de el patrón de nuestras vidas acostumbradas ha cambiado.

Fue una crisis económica que enfrentó el administrador en el evangelio de hoy.  Nos dijo que lo atraparon por malgastar la propiedad de su amo. Tal vez fue un ladrón o quizás él era simplemente incompetente.  No lo sabe-mos. ¿Qué haría él? Se vio obligado a enfrentar una nueva realidad. Su crisis personal puso las cosas en foco.

En su libro, “Siete Hábitos de Personas Altamente Efectivas,” Steven Covey sugiere que personas efectivas se vuelven “proactivo, toma el iniciado y actúa responsablemente.”  Ese es nuestro administrador. Se mira a sí mismo y revisa sus opciones. Él admite que ser un trabajador no es una opción…es demasiado blando. Salir a las calles y suplicar lo avergonzaría a él.  Entonces, se vuelve proactivo, toma el iniciado y actúa responsable-mente. Descontó las deudas que le debía a su amo. Suena deshonesto. Y, ese puede ser el caso. O tal vez el administrador eliminó la comisión que le correspondía esas deudas.  Al hacer eso, estaba haciendo amigos entre los deudores y estarían agradecidos y lo ayudarían en el futuro

Esta parábola no está sobre las practicas de negocio o para proponer des-honestidad.  Jesús quiere que seamos sus seguidores proactivos, discípulos que toman la iniciativa y actúan de manera responsable en nuestra búsqueda de las cosas del cielo.  Es como si Jesús estuviera volviendo hacía cada uno de nosotros y dice: “¿Y tú? ¿Estás actuando con prudencia en tu vida? ¿Centrándote en qué es importante o estás dejando que preocupa-ciones menores consumen tus mejores energías?

Como discípulos tenemos que evaluar los recurso a nuestra disposición.  Debemos ser creativos en el uso de lo que tenemos. Debemos luchar por ser discípulos altamente efectivos.